“Aristeia!” es el deporte extremo favorito en la Esfera Humana, un mundo de espectáculo y gladiadores famosos. No obstante existe toda una industria detrás del mismo y muchos intentan participar en él a través del Underground, la cara sucia e ilegal del mismo deporte.

En Wargarage.org estamos complacidos por presentarles el cuento ganador del tercer lugar del I Concurso Literario de Infinity The Game, patrocinado por Corvus Belli.

Esta vez los dejaremos con una historia inspirada en Aristeia! el deporte preferido en la Esfera Humana escrito por Rafael Pastor Pueden ubicarlo en Twitter. Esperamos que la disfruten.

Volando con alas de metal por Rafael Pástor

El clamor del público sacudía la arena improvisada que se había escogido para realizar el combate. Casi diez mil personas presentes, un número mucho mayor a través de medios de difusión secundarios, animaban al último guerrero que quedaba en pie.

El susodicho levantó las dos pistolas por encima de su cabeza, golpeándolas repetidamente tal y como hacía cada vez que se alzaba victorioso. Sabía que eso le gustaba a la gente, y el Aristeia Underground trataba de ganarse el corazón de los espectadores. Un show de sangre y violencia.

“¡Y una vez más señores, Samiel vuelve a demostrar por qué es el favorito de este recorrido! ¡Ahí está haciendo su gesto de la victoria!”

La acción volvió a transcurrir como siempre ocurría después de cada combate. Palmadita en la espalda, comentarios de su patrocinador sobre lo bien que lo había hecho y cuánta fortuna iban a amasar juntos, fans enloquecidos que ansiaban su rúbrica garabateada sobre su cuerpo… Todo aquello que al principio le encantaba, pero que la rutina se había encargado bien de arrebatarle el encanto.

De los ocho participantes tres habían muerto y el resto estarían probablemente en el cuchitril de algún cirujano de mala muerte, escondiéndose de las autoridades que castigaban este deporte encubierto. Por eso Samiel combatía con un par de pistolas en vez de armas blancas, por la seguridad que le aportaban a la hora de combatir.

En cuanto hubo arribado a su casa encendió el televisor y se dirigió a prepararse un vaso de agua. El bajón de adrenalina le provocaba unas migrañas terribles siempre que acababa un enfrentamiento, el precio a pagar por un momento de gloria. Un momento de gloria que algún día esperaba que le permitiera dar el salto a “Aristeia!”. Para acceder al deporte televisivo más visto de toda la Esfera Humana tenías tres puertas principalmente: poseer una cantidad desorbitada de dinero, ser hijo de alguien con una cantidad desorbitada de dinero o, por último, mover tanto a las masas que alguien con una cantidad desorbitada de dinero decidiera contratarte. Es por eso por lo que Samiel participaba en el Underground. Aunque fuera ilegal en la mayor parte de territorios era la forma perfecta de conseguir renombre. El Underground al fin y al cabo es el criadero de estrellas, un pozo oscuro cuya existencia se conoce y que públicamente se persigue. El objetivo, aunque lejano y peligroso de alcanzar, era plausible. Algunos de los aristos más queridos habían salido precisamente del Underground, como el Señor Masacre. Este último era el ídolo de Samiel.

En la cocina le sorprendió que estuviera el vaso de agua con la medicación ya disuelta, pero no así la presencia oculta a simple vista.

—Tu dulce fragancia te delata.

De una esquina se cernió hacia delante una figura femenina. Tenía un aspecto limpio, con ropas cuidadosamente escogidas. Desprendía un suave almizcle que amenazaba con inducirle en un estado de serenidad absoluta, de indefensión. Por encima de todo habría que destacar un par de rasgos animales en su cuerpo, a decir un par de orejas y una cola de zorro. No era extraño encontrarse con personas que se habían sometido a cirugías extremas para modificar su aspecto físico, era una de las modas principales entre los Nómadas de Bakunin.

Los dos se miraron con una amplia sonrisa.

—Te he visto pelear hoy. Creía que te habían impactado en el costado —le dijo suavemente la mujer zorro.

—Sí, no te preocupes. La armadura ha cumplido su cometido, no ha llegado a atravesarla la bala —Samiel miró el blindaje donde había impactado el proyectil, pasando un dedo por encima.  —¿A qué se debe tu presencia Tamamo?

Tamamo era la gran estrella del Underground. Por mucho que el comentarista insistiera en que Samiel era el favorito cada vez que se alzaba victorioso sabía que no había nadie como ella para camelar a las hordas de espectadores. Convertía cada aparición en la arena en un espectáculo, danzando por el Hexadome como si se tratara de una obra de teatro, distrayendo a los rivales y engatusándolos con su encanto. El mismo olor que inundaba ahora su piso era el que usaba en los combates para atontar a sus oponentes, el I-Khol. Por suerte para él, cuando no estaba combatiendo utilizaba una versión más diluida.

—En el próximo combate estarán los ojeadores, me han dicho.

—¿Estás segura de ello?

—Sí, va a ser la oportunidad perfecta para lucirse ante las cámaras, al fin ha llegado tu hora de saltar al estrellato. De aquí a las grandes ligas no hay nada —le dijo Tamamo.

—¿Quién te lo ha silbado? ¿Se sabe de qué empresas son?

—Tranquilo grandullón, es una fuente de confianza. Es probable que te quieran fichar si lo haces bien. ¿Sabes contra quién te toca ya?

Samiel se sentó en el sofá tras beberse el medicamento de un trago.

—Aún no han terminado de pegarse, pero apuesto a que hoy pasarán los muchachos de Tony. Entre Dantés y el viejales ese que le acompaña siempre no hay forma de sorprenderles.

Tamamo se tumbó en el mismo sofá que él, apoyándose en su regazo mientras le miraba fijamente. Samiel le pasó un brazo por encima.

—No te he preguntando, ¿cómo te ha ido a ti? —le dijo Samiel.

—Hoy no me tocaba, grandullón. El último fue la semana pasada y como puedes ver, sigo de una pieza.

—Perdona, es la costumbre. Hoy se han cargado a Prudor. Voy a echar de menos a ese malnacido.

—Lo he visto, una lástima. Hacías buen equipo con él —las palabras de Tamamo sonaban carentes de sentimiento—. ¿Tenéis algún reemplazo pensado?

—Probablemente el jefe nos ponga a Mad-Jack. No está mal, pero va muy a su bola…

Después de aquello los dos permanecieron callados hasta quedarse dormidos.

—Este va a ser vuestro nuevo compañero, ¡Mad-Jack! —les gritó su patrocinador, soltando perdigones de saliva con cada palabra.

Samiel suspiró al ver cómo sus sospechas se materializaban. No le hacía falta ver a su compañero Muyamad para saber que él estaba igualmente insatisfecho, mientras que la karakuri que completaba su equipo mantenía la misma expresión sin vida de siempre.

—¡Yo! —exclamó Mad-Jack, uno de los hombres más sucios de toda la flota Nómada, especialista en explosivos y en combate a corta distancia. —¿Qué os pasa? ¿Emocionados por tenerme con vosotros? ¿Os sentís agradecidos? Yesh, conmigo no tendréis que preocuparos. Amos a fostiarles duro en el próximo combate ¿sí?

—Como podéis apreciar aporta algo de emotividad a este equipo tan serio —les dijo el patrocinador.

Samiel levantó la mano.

—Jefe, Mad-Jack está libre porque hizo volar por los aires a su anterior equipo en los vestuarios.

—Sí-sí, un pequeño accidente con los cables. Se mezclaron el rojo con el azul, o el azul con el verde. No lo sé, estaba todo muy lleno de sangre para diferenciar los colores —replicó Mad-Jack.

—Samiel, el día que tú tengas tu propio equipo ya te encargarás de seleccionar a los malparíos que quieras, pero hasta entonces no me digas cómo tengo que hacer mi trabajo de la misma forma que no te digo yo cómo tienes que hacer el tuyo.

—Formulación-Interrogativa: ¿No existe alternativa respecto al nuevo miembro del equipo? Formulación-Enunciativa: El nuevo miembro genera descontento en el grupo actual. Estimo que pueda reducirse la efectividad general del equipo entre un doce y un trece por ciento —dijo la karakuri.

—Cuando quiera que hables te lo haré saber, tostadora —dijo el patrocinador con la cara roja. —¿Algo que objetar Muyamad?

El haqquislamita negó con la cabeza, ocultando su expresión tras una máscara ósea.

—Bien, escuchadme ahora todos, el próximo combate será contra los Diablos Rojos de Tony. El campo escogido será una antigua fábrica de cables de acero que se encuentra abandonada. Las zonas están delimitadas como de costumbre, así que discutamos cómo lo vamos a hacer…

Aristeia logo

—Míralo por este lado, al menos si vuelve a colocar un explosivo en los vestuarios todo acabará pronto —dijo Tamamo desde el sofá, mientras Samiel continuaba dando vueltas por su piso.

—No me estás ayudando.

—Dejando a Mad-Jack a un lado, ¿qué tenéis pensado hacer? Dantés lleva una capa de kevlar, poco vas a hacerle a disparos. Y el señor Li puede acortar distancias rápidamente como si se tratara de un rayo.

—Sí, esos dos son un problema. El viejo Moriarty no me preocupa en especial, simplemente tengo que evitar los corredores estrechos en los que seguramente tenga colocadas trampas. Malcador es tan solo un bruto con un martillo. Pero Dantés y Li seguramente vengan a por mí. El plan es que de Dantés se encargue Muyamad y la karakuri me escolte hasta que nos quitemos a Li de en medio —dijo Samiel.

—¿Y qué hará Mad-Jack?

—Lo usaremos de comodín para capturar la zona tres. Es un lugar seguro, desde ahí puede bombardear sin temor y nos garantizará apoyo elevado.

Samiel continuaba caminando por la habitación. Caminar le ayudaba a concentrarse mejor.

—Me estás poniendo nerviosa con tanta vuelta, ¿te importaría sentarte de una vez? —le dijo Tamamo.

—No puedo quedarme encima de una silla sin más.

—En ese caso túmbate en mi regazo —la mujer se dio unas palmaditas en los muslos—. Ven aquí, deja que te relaje y ya ultimamos los detalles del plan.

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El equipo se encontraba reunido en los vestuarios, preparados para salir a la arena en unos minutos. Muyamad comprobaba minuciosamente las dagas que ocultaba bajo la túnica, asegurándose que estuvieran completamente pintadas de negro para que no reflejaran la luz. La karakuri repasaba los niveles de munición. Mad-Jack estaba realizando ejercicios de calentamiento, decía que no quería sufrir una lesión durante el combate. Samiel se limitaba a comprobar que los vestuarios no estuvieran minados.

—Muy bien muchachos, ya sabéis lo que hay que hacer. No obstante me he enterado de que ha habido un cambio en la alineación del equipo rival, al parecer se cargaron a Malcador el otro día. Aún no sé quién será el sustituto, pero el Teniente Mostaza parece un buen candidato. Ya me he quejado, pero los organizadores me la han desestimado.

—Pero jefe, no se puede introducir a miembros nuevos con tan poca antelación. Va contra las reglas —dijo Samiel.

—Que ya se lo he dicho ¡ostias! Dicen que está todo preparado, no van a cancelar el combate a última hora —replicó el patrocinador.

Un pitido sonó en el campo y la luz roja de la puerta de acceso al mismo se iluminó.

—No se hable más muchachos, salid ahí fuera y dadles caña. Las apuestas están a nuestro favor, la gente desconfía de los cambios de última hora. Así que he apostado contra vosotros.

—¿Nuestro propio jefe apuesta contra nosotros?

—Negocios muchacho, si ganáis eso que nos llevamos. Si perdéis pues tengo el premio de consolación.

—Es usted único animándonos —dijo Muyamad.

El equipo desfiló fuera de los vestuarios, donde varios drones volaban casi a ras del suelo grabándoles. En esta ocasión no había público presencial, por lo que no se podían oír los vítores y aplausos.

—Karakuri, conmigo. Muyamad, ya sabes qué hacer. Mad-Jack, muévete y haznos una señal cuando estés en posición.

—Hoy boy, no hace falta que me digas qué hacer. Mad-Jack es autosuficiente —le respondió Mad-Jack.

Los distintos miembros empezaron a extenderse por la nave abandonada, hacia las direcciones determinadas previamente. Samiel tomó cobertura tras una columna, con la karakuri a poca distancia oculta detrás de unas bovinas de cable. El intracomunicador del equipo zumbó cuando Mad-Jack abrió el canal que tenían para hablar entre sí.

—¡Aquí Mad-Jack bitchies! Estoy en la zona, no tengo visión del equipo contrario…

Una fuerte explosión resonó por todo el edificio. Samiel tuvo que quitarse el comunicador cuando el estridente ruido casi le reventó un tímpano. Se cambió el receptor de oreja para poder enterarse de lo que decían sus compañeros.

—¿Me recibís? Aquí Muyamad, ¿me recibís?

—Cojones, sí. ¿Qué ha sido eso? —preguntó Samiel.

— Formulación-Enunciativa: La zona en la que se encontraba Mad-Jack ha explotado. Confirmación de baja. Mad-Jack eliminado —dijo la karakuri mientras le enseñaba a Samiel un brazo amputado que había llegado volando hasta ella.

—Estoy bajo fuego de supresión —comunicó Muyamad—. No puedo abandonar mi posición.

—Aguanta ahí, voy a avanzar por el flanco de Mad-Jack. Si se esperaban que se dirigiera allí probablemente tengan ocupado el corredor central, intentaré flanquearlos. Te envió la karakuri para que te apoye —dijo Samiel.

La androide asintió y abandonó la cobertura con celeridad, manteniendo el cuerpo gacho mientras corría. Samiel se desprendió de la columna apuntando con ambas pistolas por delante por si atisbaba movimiento y continuó su marcha hacia el flanco ahora desprotegido. Se movía con cautela, avanzando de cobertura en cobertura. El comunicador emitió un zumbido y a continuación se escuchó una voz ajena.

—Con su permiso, caballeros, procedo a adueñarme de este canal de comunicaciones.

—¿Quién eres? —dijo Samiel.

Samiel no obtuvo respuesta. Intentó comunicarse con los otros dos miembros de su equipo, pero tan solo se oía estática de fondo.

—Maldición…

—Maldice cuanto quieras Samiel, tu suerte no hace sino empeorar —le respondió otra voz, solo que en esta ocasión no fue a través de un comunicador.

Samiel se giró en la dirección de la cual provenía el sonido y pudo ver a un hombre trajeado, con una larga capa que caía hasta el suelo. Lo reconoció al instante como Dantés y sin perder el tiempo abrió fuego con ambas armas. Su rival reaccionó cubriéndose con un extremo de la capa la cual se endureció al recibir el impacto de las balas.

Samiel continuó disparando y moviéndose a otro lugar en el que poder obtener cobertura, sabía que dentro de poco su oponente comenzaría a responder a los disparos con su propio arma. Llegó a tiempo de cubrirse cuando una bala silbó cerca suya, a escasos centímetros de donde se encontraba hace un segundo.

Dantés tenía ventaja, podía avanzar sin preocupación debido a su mejor blindaje, mientras que Samiel estaba obligado a permanecer detrás de algo lo suficientemente sólido que pudiera aguantar el embate del fuego enemigo. El muro tras el que se ocultaba empezaba a descascarillarse con cada nuevo proyectil. Cerca suya, grabando la situación, flotaba un drone. A pesar de no poder oír al público se imaginaba a las personas a través del cristal de la cámara clamando sangre, expectantes por ver con qué solución ingeniosa vendría a resolver la situación.  Los impactos de las balas sonaban como un tambor rítmico, dejando entrever el funesto final de la melodía con cada nueva nota.

—¡Estás contra las cuerdas, Samiel!

—A la porra —musitó Samiel para sí mismo.

Guardó una de sus armas y extendió la mano libre hacia el drone. Salió por el lado opuesto del murito tras el que se había cubierto y lanzó al pequeño cámara en dirección a Dantés. Debido a la capa con la que se cubría su campo de visión era más limitado, por lo que no se percató del objeto arrojado hasta que le golpeó. No fue un ataque capaz de herirle, tampoco era el objetivo. Dantés encañonó a Samiel nuevamente, y ambos se dispararon al unísono.

Los dos cayeron al suelo y se arrastraron para poder cubrirse tras la primera pieza lo suficientemente grande para ocultarles. Al impactar el drone, por carecer de la velocidad suficiente la capa no se endureció, de tal forma que el impacto deformó su superficie lo justo como para dejar al descubierto el muslo de Dantés. Por el contrario, el impacto que recibió Samiel fue directo al hombro, del cual brotaba la sangre y empapaba su uniforme.

—¡Bastardo! –le gritó Dantés.

Samiel apretó con fuerza la herida. El dolor era terrible pero por suerte no se trataba de una herida directamente mortal. Aunque estuviera en peligro no podía sino permanecer quieto, intentando recuperar el aliento por el esfuerzo realizado. Su oponente seguía armado, pero al menos ahora no podría perseguirle.

Samiel avanzó reptando por el suelo en dirección contraria a donde se encontraba el tirador, con la esperanza de poder encargarse de él en otro momento. Cuando tuvo la certeza de haber abandonado su campo de visión volvió a levantarse, apoyándose contra una tubería. La cabeza le palpitaba como si tuviera el corazón en el cráneo y le costaba centrar la vista. Continuó caminando en dirección a sus compañeros hasta que le fallaron las piernas y tuvo que sentarse sobre unos escombros.

Esto iba mal. Nunca antes se había complicado tanto una escaramuza. Su oportunidad de llamar la atención de los ojeadores estaba desapareciendo a pasos agigantados. Quizás si consiguiera reunirse con sus compañeros de equipo pudiera al menos salir de esta con vida.

No obstante, pese a las trabas que estaban surgiendo, comenzó a sentirse extrañamente relajado. La presión de la cabeza iba disminuyendo y su pulso se normalizaba. A decir verdad, la sensación de estar herido en el centro del campo le resultaba placentera, con ese agradable olor a flores silvestres. Un olor familiar…

Samiel miró a un lado y luego al otro, hasta percatarse de una figura femenina sentada en una barandilla del piso de arriba. Primero apuntó con su arma, después retiró el dedo del gatillo y bajó la pistola.

—¡¿Tamamo?! ¿Qué se supone que estás haciendo aquí?

La mujer zorro saltó grácilmente y se dirigió andando hasta él.

—Samiel, estás herido… No tiene muy buena pinta.

—Estoy… ¿estoy teniendo una alucinación?

—No cariño, esto es muy real, he venido como reemplazo de Malcador —le contestó con voz suave.

Un disparo a quemarropa. Samiel retrocedió un par de pasos y contempló la nueva herida del abdomen. La boca comenzaba a llenársele de sangre.

—¿Por… qué?

—Te dije que los ojeadores estarían viendo el partido. Es el momento de pasar a las grandes ligas —le dijo Tamamo, con la Contender aún humeante en la mano.

—¡Espera!

Otro disparo. Y un segundo, seguido de un tercero.

Samiel cayó de espaldas, el mundo alrededor suyo oscureciéndose. Pero la sensación, al menos, era agradable.

—Bienvenido a Aristeia, cariño.

Un último disparo.